Hoy he sabido que rezan por ti.
Cada día.
También por muchos de tus amigos.
Y con todos ellos
se ha hecho el milagro en la mañana.
El milagro
del que ilumina
desde siempre
la bondad del camino.
Y sin querer,
cura heridas,
resucita muertos,
expulsa tristezas.
Igual que hacía entonces
desde aquella mesa
de oficina de banco
con su mirada limpia
tras aquellas gafas
que detuvieron el tiempo.