En este silencio impuesto
recuerdo el dolor de mi madre
y rezo.
Envuelvo su dolor
entre telas mullidas
y lo entrego
como ofrenda
ante el altar del misterio.
Nada tengo
que lo pueda aliviar.
Tantos años
y nada hemos comprendido.
Refugiados
en nuestro propio ombligo
seguimos ciegos
e inútiles.
Nada puedo.
Y no soporto esta ceguera.
Esta ira
que me vuelve la cara,
que incendia todos los puentes.
Ahora sé
que nada cambia,
que todo sigue su curso
hacia el abismo.
Queda rezar,
callar,
ofrecer el dolor,
la consciencia clara
de lo poco que somos.