Hoy desayuné dos galletas
como hacía mi padre:
cada mañana
de pie
en la cocina
con su sonrisa puesta
y sus dos galletas en el café,
y la cuchara pequeña
revolviendo el azúcar.
Perfecto,
guapo y dispuesto para empezar el día,
con su energía infinita
desplegada en cada gesto,
eficaz repelente de dramas y molestias.
Yo nunca desayuno galletas
y no sé por qué lo hice hoy.
Quizá las trajo él
para que sepa que está,
invisible en el camino,
apartando algunos obstáculos,
colocando algunas señales,
abrazándonos cuando dormimos.
"Confía", me han dicho mis galletas,
"te siguen cuidando
amorosamente,
compulsivamente
como cuando eras niña.
Todo está bien
en su lugar preciso.
Confía"
Y confiada he seguido el día,
feliz con mis recuerdos
y mis galletas.

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