Me persigue por el mismo pasillo.
Vuelve tu ira infinita,
reflejo del miedo a perderme
entre ensoñaciones absurdas.
Vuelve mi llanto
y tu cara perpleja.
No entiendes a esta hija
que no acepta su historia,
ni las pequeñas fronteras
de este mundo minúsculo.
Esta hija
que inquieta tu emoción
contenida desde niño
entre compuertas de hierro.
¡Cuánta vida gastada
en mantenerlas cerradas
al dolor y al llanto!
Aunque hoy sé
que te fingías castillo
para mantenernos a salvo.
Que tu ira era el rugido
que protege al cachorro.
Y los silencios,
tu afán,
algo infantil,
de ocultar lo oscuro.
Hoy te recuerdo
varada en mi orilla,
la misma que quisiste que habitara.
No he traspasado un solo metro.
Como entonces,
sigo soñando horizontes
que no son los míos,
que no son los nuestros.
Quizá más cerca
de descubrir
que no importa.
Que en este metro cuadrado
construí el amor,
y el milagro.
Y que al final del camino
el amor
es lo único
que vive para siempre.

