En mi cabeza
acelerada
los pensamientos van
y vienen
y se
expanden
y reaccionan
al minuto
en miles de
conexiones.
Y mi
dispersión aumenta
y mis
objetivos huyen,
abrumados,
asustados,
olvidados a
ratos,
pesando
siempre en el ánimo.
Me viene la imagen de una
estrella
explotando
en el Universo,
diseminada
en millones de meteoritos.
Todos ellos
me conforman,
y cada uno exige
su espacio,
su camino
divergente,
opuesto a
todo.
Quizá esa
sea mi esencia
esa
dispersión profunda,
quizá no
deba renegar de ella,
renunciar al
núcleo concentrado.
Quizá sea mi
misión
ser muchos
puntos de luz
fugaces,
brillantes,
sin peso
sin memoria.
Quizá deba
asumirlo,
disfrutarlo,
concentrarme
en pasar
sin dejar
huella,
sin la
tensión de saberme
en el lugar
que no debo,
en el
momento equivocado,
con quien no
me necesita,
con quien no
está,
haciendo lo
que no me toca,
sola contra la corriente.
Decidido
está.
Seré
meteoritos dispersos
por siempre
y por nunca,
sin importar
hacia dónde
ni hacia
cuándo,
en un eterno
fluir chispeante
y absurdo.
Parece un
buen plan
para ir más
ligera.

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