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| Foto de Ángel Manzano. El estanque del espejo. Casa da Ínsua |
El dolor del mundo,
lacerante
y brutal,
me
cuestiona a diario sin tapujos.
Llama a
mi puerta por la mañana
y entre
lágrimas de rabia y tristeza,
me
muestra su catálogo infinito.
Va
pasando las hojas despacio,
exhausto
bajo el peso de tanta angustia.
Me
muestra las víctimas de la maldad,
las del
poder,
las de
la crueldad,
las del
error,
las de
las grandes causas,
las de
la indiferencia,
las de
la sinrazón,
las de
la estupidez,
las de
la enfermedad,
las del
abandono,
las de
la catástrofe,
las de
la mala suerte,
las de
sí mismas.
El
dolor de los niños y los ancianos,
de las
madres y los abuelos,
de los
padres y los amigos.
El
dolor de los que no tienen nada,
ni a
nadie,
para
los que su propio hueco
es un
lugar inmenso, oscuro y vacío.
El dolor
del mundo
me
interpela
directamente
a los ojos
y yo
sólo puedo volver la cara
y cerrarle
la puerta,
buscar
la Esperanza
entre
mis cosas pequeñas.
Pintarla
si hace falta
con la
risa de los niños,
y el
abrazo de los míos.
Ya pasó
la juventud optimista
que no
sabía de límites,
que
pensaba era posible
cambiar
el mundo,
cambiar
el alma,
sembrar
sonrisas
y
recoger obras felices.
Ya pasó
la juventud
y los
años han vuelto el paisaje
aún más
oscuro,
más
profundo el abismo,
más
incierto el destino.
Pese a
todo sigo
con la
esperanza intacta
en un
Amor
que lo
sostiene todo.
En una
Luz
que brilla
ya
desde
el Principio
y hasta
el final del tiempo.
En una
Red
de muchas
manos,
pequeñas
todas,
herederas
de Aquel
que
desde antes del mundo
pudo
ver
más
allá
del Gran
Espejismo.
En una
Red
de muchas
manos,
pequeñas
todas,
herederas
de Aquel
que
desde antes del mundo
pudo
ver
más
allá
del Gran
Espejismo.